Punto de partida

“…Partimos los primeros días de febrero de 1931. Salimos de Lizanella, yo tenía 39 grados de fiebre, teníamos que pasar por Verona a ver al cónsul por un papel que nos faltaba. Al despedirnos mi abuela me besó, y fue muy terrible despedirme de ella. Estuvimos en casa de parientes y el recuerdo que tengo de esos días es un hogar que cubría un rincón de la cocina; de arriba colgaba una cadena en la que se enganchaba una olla.
Al llegar a Génova, que es una ciudad puesta en escalones en la montaña y que llega hasta el mar, subimos al barco, el Duilio. Teníamos una linda cabina, y todas las noches pasaban películas en cubierta. El viaje duró 16 días en total…”
Celia Venturini, fragmento de su texto con la historia de la familia
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Toda historia necesita un punto de partida desde donde fijar un rumbo. Ésta empieza con un papel que apareció esta mañana en el baúl que estaba desarmando. Se hallaba pegado en el interior de la tapa, completamente oculto por un revestimiento de papel. Está escrito en italiano y es una etiqueta de identificación de la compañía naviera que transportó ese mismo baúl. Algunos de los datos, como el puerto de destino (Buenos Aires), o el nombre de la compañía, Navigazione Generale Italiana, están impresos en el papel. Otros, los que corresponden a la propietaria del baúl, y a la fecha de embarque, están mecanografiados, y destaca, en mayúsculas y a doble espacio, el nombre del barco: D U I L I O. 
El Duilio fue un vapor enorme, de los primeros super transatlánticos italianos, con  24.300 toneladas y cuatro hélices. Originalmente encargado en 1914 por la compañía Navigazione Generale Italiana al astillero Ansaldo, fue botado al agua en 1916, pero no pudo realizar su primer viaje hasta 1923, a causa de la Primera Guerra Mundial.
Cubrió la ruta Nápoles-New York, hasta que en 1928 fue destinado a cubrir la ruta Génova- Buenos Aires. En 1932, un año más tarde de la fecha que aparece mecanografiada en el papel, volvió a cambiar su destino y pasó a cubrir la ruta a Sudáfrica.
Ya con la Segunda Guerra Mundial en curso, el Duilio fue rentado temporalmente por la Cruz Roja en 1942, y luego echó amarras en el puerto de Trieste, donde fue hundido en un bombardeo de las fuerzas aliadas en 1944. Finalmente lo reflotaron en 1948, pero sólo para proceder a su desguace.
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Imagen del Duilio, tomada de la página de la Fundación Histarmar
En mayúsculas también, pero sin el exceso del doble espacio, figura el nombre de la dueña del baúl. Su nombre es antecedido por un Signor al que se le  ha añadido una letra a, aunque ignoro quién sea el que realizó la enmienda, si algún empleado de la compañía o la propia mujer. Junto con Ida Dal Bosco, que ése es el nombre mecanografiado, viajaba su hija, quién también iba a pasar por el agregado de una letra y  por la pérdida de otra. La niña, que estaba por cumplir 10 años, salió de Italia llamándose Zelia, pero a su llegada, los funcionarios argentinos la transformaron en Celia.
La historia de Ida Dal Bosco se interrumpe pronto. Murió en 1933, poco más de dos años después de inmigrar a la Argentina para reencontrarse con su marido, Emilio Venturini. La historia de Celia, en cambio, siguió desarrollándose a lo largo de mucho tiempo. Se casó con José Ramón Ramos y tuvo 5 hijos varones que se sumaron al hijo que ya tenía su marido de un primer matrimonio. Vivió lo suficiente para ver crecer nietos e incluso bisnietos, lo suficiente para tener que sobrevivir a la muerte de su marido, y la de dos de sus hijos. También tuvo una hija, una sola. Y esa única hija es mi madre.
Zelia en Italia, Celia en Argentina, fue mi nona, mi abuela italiana. Yo me crié teniéndola permanentemente cerca, como si fuera una segunda mamá, y fue una presencia constante en mi vida cotidiana hasta que en 1997 me fui de mi tierra. Pude verla y charlar cuando vine de visita en diferentes años. Volver a tomar mate con ella. Mucho mate. La última vez que la vi estaba muy vieja y muy cansada, y me despedí de ella sabiendo que probablemente ya no la volvería a ver. Murió hace un poco menos de 6 años; mi memoria se niega a entregar la fecha exacta. No viajé cuando murió. No estuve. No podía.
 Vine a la Argentina el año pasado, luego de varios años de ausencia. No pude acercarme en ese viaje a su muerte. No pude ni siquiera preguntar por sus cenizas.
Ahora hace un mes que estoy nuevamente en mi tierra. Estoy generando acá un segundo taller, copia del de México, que me permita en un futuro trabajar y vivir en los dos países. He avanzado bastante en este poco tiempo, gracias sobre todo a mi familia. Me han cedido gran parte del galpón (la bodega), y ahí empiezo a acumular máquinas y maderas. Para generar el lugar, hubo que regalar o tirar muchas cosas, hacer pequeños sacrificios. La última cosa que sacamos es un baúl, ya muy maltratado, que fue mi baúl de juguetes en la infancia, y que actualmente nomás estorbaba. Logré quorum familiar para volverlo maceta en lugar de sacarlo a la calle. Ayer, mientras removía la tapa, debajo del revestimiento interno de papel, encontré pegado el documento del despacho. Nunca había sabido el origen del baúl y me quedé pasmado un rato, pensando si debía intentar reconstruir lo ya roto y abortar el plan de volverlo maceta, o sólo salvar esa etiqueta. Pocos minutos después seguía sin saberlo, había llorado un poco, y más bien supe otras cosas: que todavía extraño profundamente a mi abuela, y que ahora ya puedo acercarme a su ausencia.
Cuando decidí tener un taller acá, también decidí crear este espacio en forma de blog. Quería tener un espacio donde escribir acerca de la construcción de la guitarra. Pero sobre todo quería un espacio para mí, donde poder juntar las palabras y construirme con ellas una casa, porque me asusta esto de andar entre dos tierras, y pensé que escribir es una forma de tener siempre un refugio conmigo. Boceté varios textos, uno sobre los materiales para la construcción de la tapa de la guitarra, otro sobre las diferentes corrientes actuales en la construcción, otro sobre mi forma de abordar la construcción. Ninguno me pareció que pudiera ser un punto de partida, al menos hasta hoy.
Nacerá pues este espacio con este texto que no tiene nada que ver con la guitarra ni con mi trabajo construyéndolas, y que tiene que ver todo conmigo.
También he decidido. He guardado la pieza de madera con la etiqueta para luego enmarcarla, y mantendré la metamorfosis  del resto del baúl en maceta. Es un objeto que también ya está viejo y cansado, y merece un final con sol, con plantas, con vida. Un día toda la madera del baúl se va a convertir también en tierra, en el mismo jardín en que reposan las cenizas de quién hace tantos años, siendo una niña, viajó con él. Yo sembraré ahí unas plantas bonitas, y aunque me haya tomado tanto tiempo, estoy terminando de llegar a la despedida de mi nona, y, finalmente, también tengo un origen, un punto de partida, para comenzar este espacio de palabras.
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